Relación madre e hijo: de vital importancia los primeros años de vida

Escrito por: Dra. María Eugenia Russi Delfraro
Publicado:
Editado por: JUDIT LECHÓN

En abril de 2015, Rebecca Saxe, una neurocientífica del “Department of Brain and Cognitive Sciences” del MIT (Massachusetts Institute of Technology), nos regalaba una imagen conmovedora que daría la vuelta al mundo en tan solo unos minutos.

 

La ventana indiscreta

La imagen en cuestión es una resonancia magnética que captura a la Dra. Saxe con su bebé de tan solo unos pocos meses de vida. Esta traspasa los límites de la ciencia y desentraña la universalidad de “dos figuras, con su ropa, cabello y rostro invisibles, que podrían ser cualquier madre con su hijo, en cualquier momento o lugar de la historia”. Y lo mejor de todo es que se trata de una ventana indiscreta que deja al descubierto la “anatomía del vínculo” en todo su esplendor, más allá de toda individualidad.

 

Su genialidad radica no solo en la capacidad de poner en evidencia las manifiestas diferencias entre el cerebro de un adulto y el de un niño en pleno desarrollo de sus capacidades, sino que además desvela el nexo de unión entre ambos: el amor de una madre hacia su hijo.

 

La madre, a través de sus caricias y besos, la alimentación y la estimulación táctil, olfativa y visual que le proporciona a su bebé durante los primeros meses de vida, ejerce un potente estímulo que prepara su cerebro inmaduro para que este pueda desarrollar más adelante todo el potencial para el que está genéticamente determinado.

 

Parte del buen desarrollo del bebé será gracias a la afección que haya recibido de la madre

 

Y es que el desarrollo cerebral requiere de un complejo sistema y entramado de “carreteras neuronales” cuya “construcción” comienza a materializarse durante el embarazo, pero continúa a lo largo de los primeros meses y años de vida.

 

A través de los cuidados y el estímulo que el bebé recibe de su entorno se favorece la correcta maduración y ensamblaje de las diferentes estructuras cerebrales, que más adelante harán posible el aprendizaje, la atención, la motivación, la planificación y el control de impulsos. Y esto es así porque cada neurona establece varios centenares o miles de conexiones con otras neuronas, y lo hace en proporción directa al grado de estimulación que recibe. Estas conexiones también llamadas “sinapsis” resultan claves para un correcto funcionamiento cerebral porque son las que permitirán el movimiento, la respiración, el autocontrol y el dominio conductual, intelectual y social del individuo.

 

Pero la cuestión no acaba aquí, porque para que la información viaje de una manera más rápida y efectiva por esta red de “carreteras neuronales”, se necesita una sustancia llamada mielina, que es una capa que protege y aísla dichas conexiones y las transforma en verdaderas “autopistas”. Hoy en día sabemos que si bien la mielinización es un proceso muy activo que comienza a las 14 semanas de gestación, esta se mantiene y se prolonga durante años con un incremento directamente proporcional al grado de estimulación ambiental recibido.

 

¿En qué consiste el proceso de mielnización?

Dicho proceso empieza por los nervios situados en la parte superior de la médula espinal facilitando los movimientos de los miembros superiores y la prensión de la mano. Posteriormente llega a los inferiores haciendo posible la marcha autónoma y le proporciona al niño la capacidad de salir a buscar por sus propios medios los diferentes estímulos que alimentarán y saciarán su mente. Y más tarde continua dentro del propio cerebro siempre en sentido póstero-anterior (de atrás hacia adelante), hasta llegar a la última región en madurar que es el lóbulo frontal (alrededor de los 18 o 19 años).

 

Gracias a este complejo sistema de ensamblado y perfeccionamiento de nuestro sistema de carreteras neuronales, la evolución ha dotado a los seres humanos de un sinfín de posibilidades que les permiten explorar el medio que les rodea a la vez que se enriquecen de este.

 

Y es que el cerebro sufre toda una transformación a lo largo de los primeros años de vida y hasta la edad adulta. Es un órgano complejo, dinámico y cambiante, que se retroalimenta y nutre del ambiente que le rodea. En esta sinfonía de cambios en los que la genética y el ambiente son los directores de orquestra, los primeros años de vida resultan de fundamental importancia porque es cuando se crean y refuerzan los cimientos que sustentarán todo el proceso cognitivo-conductual posterior. Porque en definitiva, todo lo que estimula nuestro cerebro también le alimenta.

Por Dra. María Eugenia Russi Delfraro
Neurología infantil

La Dra. Russi Delfraro es una reconocida especialista en el campo de la Neuropediatría; con una amplia experiencia en el diagnóstico y tratamiento del TDAH, los trastornos del aprendizaje (como la dislexia, la discalculia, la disgrafía, el trastorno del desarrollo de la coordinación, etc.), la neurología cognitiva y los diferentes trastornos del neurodesarrollo como el trastorno del espectro autista (TEA) o la discapacidad intelectual (DI).

En su exhaustiva formación destacan numerosos cursos y titulaciones de postgrado adquiridas; entre las cuales se encuentra el Máster de Neurología Infantil otorgado por la Universidad de Barcelona (UB). Dedicando buena parte de su tiempo a la formación y actualización especialmente en el campo de la Psicofarmacología y el TDAH, ha realizado numerosos cursos de renombre internacional; como el "Curso de Psicofarmacologia en Niños y Adolescentes" del Hospital General de Massachusetts, dependiente de la Universidad de Harvard.

A lo largo de su trayectoria profesional ha combinado su actividad médica en centros hospitalarios de prestigio, con la actividad docente; impartiendo charlas en cursos y másters de Neurología-Neuropsicología infantil. Por otra parte, la Dra. Russi ha publicado numerosos artículos científicos y capítulos de libros sobre diferentes temas de Neurología infantil.  

También es miembro de la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP), donde forma parte del grupo de trabajo de TDAH de dicha sociedad. Y pertenece además, al grupo de trabajo de "Trastornos del Aprendizaje Escolar", de la Sociedad Catalana de Pediatría. 

 

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