Una mirada histórica y clínica hacia la artrosis

La artrosis no fue descrita como una entidad clínica distinta de la gota —o de lo que en aquel momento se englobaba dentro del concepto amplio de “artritis gotosa”— hasta el siglo XVIII. Fue el médico inglés William Heberden (1710-1801) quien estableció esta diferenciación y dejó su nombre ligado de forma permanente a la historia de la medicina por su descripción de los conocidos “nódulos de Heberden”, característicos de la artrosis en las articulaciones interfalángicas distales de los dedos de las manos.
Hoy sabemos que la artrosis afecta aproximadamente al 10% de la población general en el estado español y representa cerca de una cuarta parte de las consultas atendidas por los reumatólogos. Suele aparecer a partir de la cuarta década de la vida y es más frecuente en mujeres. Sin embargo, no debe entenderse como una consecuencia inevitable del envejecimiento: factores genéticos influyen de forma determinante en la localización, la velocidad de progresión y la intensidad del desgaste articular.
La artrosis es una enfermedad degenerativa y progresiva que provoca inflamación y deterioro del cartílago articular a través de fenómenos celulares de carácter microinflamatorio. Esta alteración genera dolor de tipo mecánico (empeora con la actividad y mejora con el reposo), rigidez articular y limitación funcional. Las localizaciones más frecuentes son las articulaciones interfalángicas de los dedos, la base del pulgar (rizartrosis), las rodillas (gonartrosis) y la cadera (coxartrosis). Otras articulaciones, como el hombro o el tobillo, se afectan con mucha menor frecuencia y, cuando ocurre, suele ser necesario excluir lesiones previas o enfermedades articulares subyacentes. En el esqueleto axial destacan especialmente las artrosis cervical y lumbar, que pueden asociarse tanto a degeneración discal como a desgaste de las articulaciones intervertebrales.
Aunque en ocasiones la artrosis es silente —especialmente en la columna, donde los signos radiográficos pueden no correlacionar con los síntomas—, el dolor es su manifestación clínica fundamental. Al principio aparece con el esfuerzo o la carga, pero con la progresión puede surgir también en reposo o durante la noche. En fases inflamatorias, el aumento del líquido sinovial actúa como un “airbag” natural para suavizar la fricción, pero si este derrame es excesivo puede provocar más dolor y limitar la movilidad. En estos casos, puede ser necesario realizar una artrocentesis con o sin infiltración de corticoides.
La artrosis de las manos
La artrosis de manos suele comenzar entre los 40 y 50 años, aunque también puede debutar más tarde. Presenta un componente hereditario marcado: aproximadamente un 80% de los pacientes refieren antecedentes familiares, habitualmente maternos. Predomina en mujeres y se manifiesta con dificultad para mover los dedos, episodios de inflamación leve y dolor de instauración lenta. Las localizaciones más típicas son las articulaciones distales de los dedos, donde aparecen los “nódulos de Heberden”, y las articulaciones proximales, donde se desarrollan los “nódulos de Bouchard”. La enfermedad puede avanzar de forma intermitente, con brotes inflamatorios transitorios que generan preocupación, pero que suelen responder a medidas conservadoras.
Artrosis de rodilla
En la gonartrosis se produce un deterioro progresivo del cartílago de la articulación de la rodilla, que puede afectar tanto el compartimento femorotibial como el femoropatelar. Según la región comprometida, los síntomas pueden variar en intensidad y forma. El dolor aparece principalmente con la actividad física, caminar o permanecer de pie, y suele acompañarse de rigidez y deformidad progresiva. Actividades cotidianas como subir escaleras, caminar por superficies irregulares o levantarse de una silla pueden convertirse en un desafío. El derrame articular es relativamente frecuente y es una causa común de consulta, ya que suele provocar hinchazón, dolor y sensación de inestabilidad.
Artrosis de cadera
La coxartrosis implica el deterioro del cartílago entre la cabeza femoral y el acetábulo, las dos superficies que conforman la articulación de la cadera. El cuadro clínico se caracteriza por dolor intenso localizado en la región inguinal, a menudo irradiado hacia la cara anterior del muslo o incluso la rodilla. La marcha se vuelve progresivamente más dificultosa y, en fases avanzadas, puede aparecer derrame sinovial que agrava la sintomatología. Con el paso del tiempo, muchos pacientes requieren una prótesis de cadera, un procedimiento con excelentes resultados funcionales en la actualidad.
Artrosis de la columna
La columna vertebral está diseñada para soportar cargas axiales durante toda la vida, pero precisamente esa función la hace susceptible a fenómenos degenerativos. La artrosis puede afectar a las articulaciones interapofisarias posteriores, a los discos intervertebrales o a ambas estructuras, dependiendo de la región comprometida. La artrosis lumbar es una causa extremadamente frecuente de lumbalgia, considerada la segunda condición más prevalente del mundo tras la caries dental. El dolor lumbar mecánico empeora con el movimiento o la carga y mejora con el reposo. Cuando afecta a las articulaciones posteriores, el paciente describe dolor sordo que aumenta con la extensión de la columna y la bipedestación, a veces irradiado hacia las piernas por contractura muscular. La degeneración discal produce un patrón similar, con episodios de lumbalgia aguda desencadenados por esfuerzos o malas posturas.
La artrosis cervical comparte características clínicas con la lumbar, aunque puede acompañarse de contractura mantenida, mareos, vértigos y, ocasionalmente, acúfenos, debido a la tensión muscular o la irritación de estructuras vecinas.
Diagnóstico y tratamiento
El diagnóstico de la artrosis se basa fundamentalmente en los síntomas referidos por el paciente y en la exploración física realizada por el médico. Las pruebas complementarias refuerzan el diagnóstico y permiten valorar la extensión del daño: la radiografía simple es especialmente útil en columna y cadera; la ecografía musculoesquelética resulta muy precisa en articulaciones periféricas; y la resonancia magnética se reserva para casos seleccionados.
Respecto al tratamiento, el pilar fundamental es la educación del paciente. Mantener una buena condición física, evitar el sobrepeso y reducir el sedentarismo son medidas tan importantes como cualquier fármaco. Un factor muy importante es el tener un buen apoyo plantar, ya que tener un pie plano o cavo, o una extremidad inferior un poco más corta que la otra puede sobrecargar una rodilla con artrosis. La artrosis es una enfermedad degenerativa y progresiva, por lo que no existen “tratamientos milagrosos”. Los analgésicos, antiinflamatorios e infiltraciones pueden ayudar a controlar los síntomas, pero su eficacia depende en gran medida de que el paciente mantenga un estilo de vida activo y un programa de fortalecimiento muscular adecuado. La combinación de ejercicio, control del peso, fisioterapia y tratamiento médico constituye la estrategia más efectiva a largo plazo.
Infiltraciones de ácido hialurónico y factores de crecimiento
Dentro del abordaje terapéutico de la artrosis, las infiltraciones intraarticulares han adquirido un papel relevante en pacientes seleccionados que presentan dolor persistente a pesar de las medidas conservadoras. Entre las opciones disponibles destacan el ácido hialurónico y los preparados ricos en plaquetas (PRP o “factores de crecimiento”).
Ácido hialurónico (viscosuplementación)
El ácido hialurónico es un componente natural del líquido sinovial cuya función principal es lubricar y amortiguar la articulación. En la artrosis, su concentración y calidad disminuyen, lo que contribuye al aumento de la fricción y del dolor. Las infiltraciones de ácido hialurónico buscan restablecer parcialmente estas propiedades viscoelásticas. En muchos pacientes —especialmente con artrosis leve o moderada— se observa una mejoría progresiva del dolor y de la movilidad, con un efecto que puede prolongarse varios meses. No actúa como analgésico inmediato, sino que produce un beneficio gradual, lo que lo convierte en una alternativa interesante para quienes desean reducir el uso continuado de antiinflamatorios o no toleran bien otros tratamientos.
Factores de crecimiento (PRP)
Las infiltraciones de plasma rico en plaquetas utilizan los propios factores de crecimiento del paciente —obtenidos tras centrifugar una muestra de sangre— para estimular mecanismos locales de reparación tisular. Aunque su papel exacto en la regeneración del cartílago sigue siendo objeto de estudio, en la práctica clínica muchos pacientes con gonartrosis leve o moderada refieren una reducción significativa del dolor y una mejora en la funcionalidad durante meses. El PRP se considera especialmente útil en articulaciones que todavía conservan cierto grado de cartílago y muestran un componente inflamatorio o irritativo intermitente. Su perfil de seguridad es muy favorable al tratarse de un material autólogo, y suele requerir entre una y tres infiltraciones según protocolo.
Ambas técnicas pueden ser opciones eficaces en pacientes seleccionados, sobre todo cuando se integran en un programa global que incluya control del peso, ejercicio dirigido y manejo farmacológico adecuado. No sustituyen al tratamiento de base ni frenan por completo la progresión de la enfermedad, pero sí pueden mejorar de manera notable la calidad de vida y disminuir la necesidad de medicación analgésica en un porcentaje relevante de pacientes.

