La enfermedad histérica

Escrito por: Dr. Pedro Cubero Bros
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Editado por: Anna Raventós Rodríguez

Histeria” (de hystéra = útero) es una de las enfermedades más antiguas de la medicina. Los médicos griegos, varios siglos antes de Jesucristo, pensaban que se debía a la sequedad del útero, derivada a su vez del cansancio y de la inactividad sexual. El útero se veía así privado de los fluidos que precisa para mantenerse en su estado natural. Excesivamente reseco y ligero del peso, el órgano reproductor se movería por el organismo con cierta violencia en busca de los fluidos que le faltan, y es al chocar con el resto de vísceras que se producirían los síntomas de la enfermedad. Tanto las convulsiones, parecidas a las de la epilepsia, como todo tipo de molestias, se deberían a estas colisiones entre la matriz y otras partes del organismo. De acuerdo con estas ideas, los médicos propusieron todo tipo de tratamientos para retener al útero en su lugar natural, siendo uno de los más constantes la indicación del matrimonio y de la actividad sexual. En esencia, esta concepción de las causas, los síntomas y los tratamientos de la histeria se mantuvo durante la Antigüedad y la Edad Media.

histeria

En el siglo XVII, el inglés Thomas Sydenham incluyó a la histeria entre las enfermedades nerviosas, por lo que el órgano supuestamente afectado sería el cerebro, y no el útero. La histeria engrosó el rango de las enfermedades mentales. Sydenham observó que no solamente las manifestaciones de la histeria eran muy numerosas (como ya Galeno había señalado siglos antes) sino que a menudo imitaban otras enfermedades. En vida, pocos le hicieron caso. Pero desde ese momento, una sucesión de aportaciones fueron enriqueciendo y añadiendo matices. Bernheim, por ejemplo, defendió el mecanismo de la autosugestión en la aparición de los síntomas histéricos.

A finales del XIX, por otro lado, se inició un proceso de clasificación de la histeria en función de sus distintas formas de manifestarse. Estos subtipos acabarían convirtiéndose, con el paso del tiempo, en enfermedades plenamente independientes y desperdigadas por distintos capítulos de la patología psiquiátrica (trastornos disociativos, trastorno conversivo, personalidad histriónica, dolor psicógeno, etc).

A ese proceso de fragmentación de la histeria se añadió, en las ultimas décadas del siglo XX, la tendencia paulatina a dejar de usar la palabra “histeria”, al haber adquirido el término una connotación despectiva. La corrección política, que obliga a eliminar del vocabulario los términos considerados ofensivos para algún sector de la población, también hizo mella en la Psiquiatría.

Ahora la histeria se ha esfumado. Ha desaparecido como el nombre -histeria- de una antiquísima enfermedad, y como un calificativo para referirse a las patologías relacionas con la misma (neurosis histérica, personalidad histérica, bolo histérico…). Y sin embargo, la histeria existe. Pocos psiquiatras lo pondrán en duda. Soy de los que opinan que las distintas patologías en que se ha acabado desgajando son, en última instancia, meras manifestaciones de una única enfermedad. ¿Y cuáles son los principales síntomas de dicha enfermedad? La revisión de la bibliografía y la experiencia clínica, sugieren lo siguiente:

  • El síntoma más frecuente de la histeria, el que se halla presente en la práctica totalidad de los casos, es la cefalea. Se trata de un dolor intenso, con grandes fluctuaciones en su intensidad, que en algunas ocasiones se extiende a partes de la cara. En algunos pacientes la cefalea histérica se localiza en un punto concreto, y es percibida como si un clavo se hubiera introducido en dicho punto. A diferencia de otros dolores de cabeza, el simple contacto del cuero cabelludo con la mano, o con el peine, puede agravar la intensidad del dolor.
  • El dolor de cabeza casi siempre se acompaña de otros dolores: dolor abdominal, en extremidades, en espalda, en articulaciones, coito doloroso (dispareunia), reglas dolorosas, etc. Sensaciones emparentadas con el dolor, como los hormigueos, las descargas eléctricas o sensaciones de malestar difuso, son igual de comunes (hasta un 80% según algún trabajo). Es frecuente que estas sensaciones no tengan una localización fija y se desplacen, las más de las veces en sentido ascendente, de abajo a arriba.
  • En la mayoría de casos (aunque no en todos) la histeria cursa con alteraciones de la sexualidad: falta de deseo y/o falta de placer.
  • Los síntomas digestivos ocupan también un lugar destacado en la histeria, siendo las náuseas el más frecuente. Los vómitos, la pérdida de apetito, la dificultad para tragar, o las intolerancias a distintos alimentos, también acompañan a la histeria.
  • Los estados de ánimo son muy cambiantes, oscilando con facilidad entre el llanto, el nerviosismo, los enfados y la alegría (especialmente durante los períodos en que desaparecen los síntomas físicos). Las personas histéricas, muy a menudo, son locuaces y tienen facilidad para relacionarse. Su discurso, sin embargo, tiende a ser prolijo, entremezclando los problemas en sus relaciones personales, con sus estados emocionales y sus síntomas físicos.
  • Igualmente frecuentes son los mareos y la sensación de inestabilidad, que fuerzan a los pacientes a limitar su campo de acción. Les hacen depender de otras personas para poderse desplazar o para poder desempeñar las tareas domésticas. En los casos más severos se producen desmayos, o sensaciones de ceguera, visión borrosa y pérdida inminente del conocimiento, que obligan a descansar y posponer toda actividad.
  • Síntomas como las parálisis (imposibilidad para mover una parte del cuerpo) y la afonía, o mudez transitoria, afectan hoy a menos de la mitad de los casos. Sin embargo, el cansancio y la falta de fuerza (especialmente en las manos), siguen siendo relativamente frecuentes.
  • Uno de los aspectos más interesantes en la historia de la histeria es la práctica desaparición de las crisis convulsivas a lo largo del siglo XX. Se trata de distintas formas de sacudidas musculares generalizadas, que en muchos casos se asemejaban a las crisis epilépticas del llamado grand mal. En muchos momentos, especialmente durante la Edad Media, las crisis se atribuyeron a un estado de posesión, diabólica (los llamados energúmenos) o divina.
  • Conviene también recordar la pérdida de memoria, que no debe confundirse con una demencia, y que dificulta, todavía más, el normal funcionamiento cotidiano.

Por Dr. Pedro Cubero Bros
Psiquiatría

El Dr. Cubero Bros es un reconocido Psiquiatra experto en el asesoramiento en problemas relacionados con grupos sectarios, adicciones comportamentales y vigorexia. Lleva más de un cuarto de siglo trabajando como adjunto en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. Es autor de el libro El grupo paranoide, y ha escrito capítulos en otros. 

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