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Ansiedad postpandemia: cómo la mente humana enfrenta traumas y busca sentido

No hay un solo día en que un psicólogo no escuche hablar de ansiedad. La relación entre la actividad motora y la actividad mental es constante y estrecha. Analizar la actividad motora desde un punto de vista semiológico resulta fundamental, ya que es una de las formas más directas, y a veces la primera, de conocer al paciente y observarlo con objetividad. La pandemia reciente, de un modo que no tiene precedentes en la historia de la humanidad, puso a prueba de manera intensa y prolongada las últimas reservas de tranquilidad de las personas —especialmente del pueblo español, cuya calma Velázquez supo captar en sus obras—.


El confinamiento impuesto generó reacciones complejas y diversas, que pueden clasificarse en varias formas:

  • Enclaustramiento voluntario: se trata de un trastorno de la actividad, caracterizado por la negativa de la persona a integrarse en la vida social, restringiendo su existencia a un espacio muy reducido y cerrado.
  • Enclaustramiento activo: típico de los nosofóbicos o personas con fobia hipocondríaca, este tipo se manifiesta como un temor obsesivo-fóbico al coronavirus. Su función es esencialmente defensiva.
  • Enclaustramiento pasivo: aparece cuando las barreras materiales son ineficaces o están mal organizadas y las relaciones con el mundo se perciben con desinterés o apatía, reflejando una misantropía neurótica que se ve agravada por la aversión al contacto social durante la pandemia.


El confinamiento institucional impuesto permitió a la psicología observar a las personas en condiciones extraordinarias, como nunca antes se había hecho. De este modo, se pudieron estudiar los mecanismos fisiológicos y psicológicos del ser humano de manera similar a un experimento crucial, aunque no es el lugar para profundizar en esos estudios aquí. Entre los trastornos más frecuentes durante la pandemia, la ansiedad ocupó un lugar destacado.


La ansiedad vital, que López Ibor llamaba “círculo de la vitalidad”, es comparable a los términos antiguos “angustia”, “fatiga” y “congoja”, que nos sitúan directamente en el problema central: la emoción. Durante la pandemia, los estados de fatiga fueron muy extendidos. Sin embargo, la causa principal no fue el confinamiento físico, sino el impacto psicológico reiterado de recibir diariamente noticias sobre fallecimientos. En comparación con un conflicto bélico, los niveles de fatiga podrían ser igualmente altos. La diferencia es que, a diferencia de los soldados, las personas confinadas no sufrían daños físicos directos, pero sí experimentaban una intensa tensión afectiva.


¿Por qué enfermaban las personas en sus hogares? Un soldado pierde confianza en su capacidad de proteger su vida durante los combates. La persona confinada con ansiedad buscaba protegerse de una amenaza que no podía controlar más que mediante el enclaustramiento —el “enclaustramiento activo”, que puede ser agresivo cuando la persona se relaciona de manera hostil con el entorno para defenderse—. La imposición externa de permanecer en casa, que impedía la huida, exigía un esfuerzo constante para inhibir y controlar la ansiedad. Ante cada nuevo traumatismo psíquico —los comunicados diarios de fallecimientos— la capacidad de control disminuía, y la ansiedad se volvía progresivamente dominante, convirtiéndose en una fuerza ingobernable que destruía el equilibrio emocional.


Así, la ansiedad pasa de ser una respuesta biológica adaptativa, que prepara al organismo para la alerta y la huida, a una fase patológica autodestructiva. En este contexto, el enclaustramiento institucional se convierte en un signo de perturbación profunda de la actividad mental.



Este mecanismo no ocurre únicamente en situaciones extremas como la pandemia. En la vida cotidiana, las reacciones de ansiedad frente a problemas graves funcionan de manera similar, aunque amplificadas en circunstancias excepcionales. Las reacciones que aparecen durante un enclaustramiento bajo trauma psíquico continuo son las mismas que cualquier persona podría experimentar en la lucha contra la dura realidad, solo que normalmente están matizadas por engaños, autoengaños y distracciones que, cuando se descubren, producen ansiedad.


La ansiedad no es solo un fenómeno fisiológico. No es constante ni una causa primaria; es la expresión de un trastorno central: la necesidad de hacerse cargo de la propia situación, de resolver el problema de la existencia. Preguntas como “¿cómo debo vivir?”, “¿para qué mis esfuerzos?”, “¿quién soy?” y “¿qué hacer con mi vida?” son fundamentales, incluso en personas con éxito social o profesional. La reacción desbordada es un fenómeno psiconeurótico que dificulta distinguir entre fatiga y depresión matutina, cuando en realidad la ansiedad es el núcleo común de ambos estados.


Mientras que los animales están integrados en un mundo biológico estructurado, la persona humana debe otorgar sentido a su vida. Resolver el problema de la existencia significa darle valor a la propia vida. Independientemente del tipo de enclaustramiento —voluntario o impuesto—, este puede reflejar una perturbación, pero también puede ser un medio para reconocer y valorar la realidad. Dar sentido implica integrar la propia vida en un sistema de valores, que solo existen para individuos capaces de estimar y comparar.


Desde esta perspectiva, la ansiedad desbordada no es necesariamente patológica. Puede tener una función realizadora, obligando a la persona a adaptarse con flexibilidad a las posibilidades que se presentan y promoviendo un desarrollo personal dentro de la propia existencia. Así, la ansiedad deja de ser únicamente un síntoma de perturbación y se convierte en un motor de adaptación y de búsqueda de sentido.


El análisis de la ansiedad durante la pandemia revela también la importancia del contexto social e institucional. La interacción entre el enclaustramiento, el trauma psíquico repetido y la necesidad de adaptación emocional permitió observar patrones que antes solo podían inferirse en situaciones extremas. Esta observación evidencia que la ansiedad, lejos de ser un fenómeno aislado, es una respuesta profundamente integrada en la vida emocional y cognitiva del ser humano.


En suma, la ansiedad se manifiesta de manera diferente según las circunstancias, pero su núcleo sigue siendo el mismo: la confrontación del individuo con su propia existencia y con los límites de su control sobre el entorno. En contextos extraordinarios, como la pandemia, esta confrontación se amplifica y se hace visible con claridad, pero en la vida cotidiana permanece, aunque modulada por la rutina, las distracciones y las estructuras sociales. La tarea del psicólogo es precisamente identificar estos patrones y comprender la ansiedad no solo como un síntoma, sino como una señal de los conflictos centrales de la vida humana.


Por último, comprender la ansiedad en situaciones de confinamiento permite también reevaluar la relación entre enfermedad y adaptación. Lo que a primera vista parece un trastorno, en realidad puede representar una respuesta adaptativa que obliga a la persona a reorganizar su vida, a valorar sus recursos internos y a establecer un sentido más profundo de su existencia. En este sentido, el estudio de la ansiedad no solo tiene relevancia clínica, sino también filosófica, al revelar los desafíos fundamentales que enfrentamos al buscar coherencia y propósito en la vida.