Cómo ha evolucionado la nutrición en oncología: hacia un soporte terapéutico personalizado
Durante décadas, la nutrición en pacientes con cáncer se abordó principalmente desde una perspectiva paliativa. El objetivo fundamental era evitar una pérdida excesiva de peso y mantener la ingesta alimentaria. Sin embargo, el conocimiento sobre el cáncer y sus tratamientos ha evolucionado, y con él también la manera de entender el papel de la nutrición.
Actualmente, la alimentación puede plantearse como una herramienta de soporte terapéutico individualizada, integrada en el contexto global del tratamiento oncológico. Este cambio supone pasar de intentar combatir únicamente las consecuencias nutricionales de la enfermedad a estudiar cómo la nutrición, el metabolismo y el estado general del paciente pueden contribuir al abordaje terapéutico.
El antiguo enfoque: evitar la pérdida de peso
Quienes hayan vivido de cerca la oncología hace 30 o 40 años probablemente hayan escuchado una recomendación habitual: lo importante era que el paciente no adelgazara y que comiera aquello que pudiera tolerar o que le apeteciera.
Durante mucho tiempo, esta forma de entender la nutrición oncológica estuvo relacionada con la imagen de pacientes que llegaban a fases avanzadas de la enfermedad con una importante pérdida de peso y masa muscular. Existían menos alternativas terapéuticas y los tumores se diagnosticaban, en muchos casos, en estadios más avanzados.
De esta situación surgía una conclusión aparentemente lógica: si una persona con cáncer había perdido mucho peso, había que conseguir que comiera más para recuperarlo. Sin embargo, actualmente se sabe que la relación es más compleja.
¿Qué es la caquexia?
La caquexia asociada al cáncer es un síndrome multifactorial caracterizado por una pérdida progresiva de masa muscular, con o sin pérdida de tejido adiposo, que no puede corregirse completamente mediante el soporte nutricional convencional y que termina provocando un deterioro funcional.
Por tanto, la caquexia no equivale simplemente a estar delgado. Se trata de una alteración metabólica sistémica relacionada con la actividad tumoral y con la respuesta inflamatoria del
La pérdida de peso y de masa muscular asociada a la caquexia es principalmente una consecuencia del proceso tumoral y de las alteraciones metabólicas que lo acompañan. De hecho, la caquexia está estrechamente relacionada con la progresión de la enfermedad y no se revierte simplemente aumentando el número de calorías.
Incluso determinadas modificaciones de la alimentación, como un aporte excesivo de algunos aminoácidos en determinadas circunstancias, podrían favorecer mecanismos relacionados con el crecimiento tumoral. La cuestión fundamental, por tanto, no consiste únicamente en conseguir que el paciente gane peso, sino en controlar la enfermedad que está provocando esa alteración metabólica.
¿Cómo se ha abordado tradicionalmente?
El planteamiento nutricional clásico se apoyaba en varias estrategias:
- Aumentar la ingesta: se animaba al paciente a consumir aquello que pudiera tolerar, incluso alimentos muy calóricos, con la prioridad de evitar la pérdida de peso.
- Recurrir a suplementos nutricionales: se utilizaban bebidas hipercalóricas e hiperproteicas y, cuando la situación lo requería, nutrición enteral o parenteral.
- Resolver problemas que impedían alimentarse: determinadas estenosis, tumores de cabeza y cuello u obstrucciones podían requerir procedimientos como gastrostomías o estomas.
- Estimular el apetito mediante medicamentos: algunos fármacos, como el acetato de megestrol, han demostrado aumentar el apetito y favorecer una cierta ganancia ponderal. Sin embargo, esto no se ha traducido en una mejora demostrada de la supervivencia y puede asociarse a efectos adversos relevantes, entre ellos fenómenos tromboembólicos.
También se están investigando estrategias farmacológicas más específicas. Un ejemplo son los anticuerpos dirigidos contra GDF-15, como ponsegromab, que en estudios de fase 2 han mostrado resultados favorables sobre el peso, el apetito y la actividad física en determinados pacientes con caquexia.
Estas intervenciones pueden contribuir a aliviar algunas manifestaciones del problema, pero no modifican necesariamente su origen: la biología del tumor.
Hasta ahora, no se ha demostrado que recuperar peso mediante una intervención nutricional por sí sola permita curar el cáncer o prolongar claramente la supervivencia. Por el contrario, cuando el tratamiento consigue controlar mejor el tumor, la caquexia tiende a ser menos frecuente o intensa.
En otras palabras, el control del cáncer favorece la mejoría de la caquexia, y no al contrario.
La oncología actual: tratar el tumor y optimizar el soporte
En los últimos años se han producido cambios importantes en el tratamiento del cáncer. La aparición de terapias dirigidas, inmunoterapia, conjugados anticuerpo-fármaco y diferentes estrategias combinadas ha ampliado las posibilidades terapéuticas.
A esto se suma el desarrollo de la oncología de precisión. Ya no se habla de una única «quimioterapia para el cáncer», sino de tratamientos seleccionados teniendo en cuenta las características concretas de cada tumor: sus alteraciones moleculares, determinadas expresiones como PD-L1, firmas inmunológicas, tratamientos administrados previamente y situación general del paciente.
En este nuevo contexto también ha cobrado importancia el soporte nutricional individualizado. Una intervención nutricional adecuada puede contribuir a preservar la función y la calidad de vida y, en determinadas situaciones, favorecer una mejor tolerancia al tratamiento.
El ejercicio físico adaptado a las posibilidades de cada persona también desempeña un papel relevante. Puede ayudar a combatir la fatiga, preservar la masa muscular y, en determinados contextos, contribuir a mejorar los resultados relacionados con el tratamiento oncológico.
El tratamiento farmacológico continúa siendo el elemento central para combatir el tumor. No obstante, existe un espacio complementario en el que nutrición, ejercicio y metabolismo pueden utilizarse de forma estratégica para acompañar ese tratamiento.
De evitar adelgazar a utilizar la nutrición como soporte terapéutico
El cambio de perspectiva consiste en dejar de considerar la báscula como el principal indicador del éxito nutricional.
El planteamiento tradicional buscaba fundamentalmente impedir que el paciente perdiera peso, recurriendo a suplementos y a una mayor ingesta calórica cuando era necesario. El razonamiento era que recuperar kilos debía ser necesariamente beneficioso.
Este enfoque podía llevar a insistir en alimentos o cantidades que el paciente no toleraba adecuadamente, utilizar medicamentos estimulantes del apetito con beneficios limitados o centrar la intervención en el peso en lugar de hacerlo en la enfermedad y en el estado funcional.
La propuesta actual parte de tres principios:
- El objetivo principal es combatir el tumor, no únicamente aumentar el peso. La caquexia forma parte de un proceso complejo asociado al cáncer avanzado y tiende a mejorar cuando la enfermedad responde al tratamiento.
- La nutrición puede actuar como soporte terapéutico. Del mismo modo que los tratamientos oncológicos se seleccionan según las características moleculares del tumor, la intervención nutricional puede individualizarse teniendo en cuenta las características metabólicas de la enfermedad y del paciente.
- La finalidad no es simplemente comer más, sino alimentarse de manera adecuada al tratamiento. El propósito es favorecer un entorno metabólico apropiado, contribuir a mantener la masa muscular funcional y, cuando sea posible, reducir la toxicidad asociada al tratamiento.
¿Cómo se plantea una nutrición oncológica personalizada?
No existe una única dieta válida para todas las personas con cáncer. El planteamiento debe tener en cuenta tanto las características del tumor como el tratamiento que se está administrando y las circunstancias particulares de cada paciente.
1. Analizar el tumor y su contexto
Cada tumor presenta características moleculares propias. Hay alteraciones que pueden modificar la forma en que las células tumorales utilizan la glucosa, los aminoácidos y los lípidos.
También pueden existir dependencias de determinadas rutas metabólicas, como la glucólisis, la glutaminólisis o el metabolismo del carbono de un átomo. Estas particularidades pueden proporcionar al tumor ventajas para crecer, pero también identificar posibles vulnerabilidades metabólicas.
2. Relacionar la alimentación con el tratamiento
La intervención nutricional tampoco puede separarse del tratamiento recibido. Cada estrategia terapéutica actúa sobre mecanismos diferentes y puede presentar toxicidades específicas. Por este motivo, el objetivo es determinar qué modificaciones dietéticas pueden resultar apropiadas para cada combinación de tumor y tratamiento y cuáles deberían evitarse.
3. Tener en cuenta al paciente en su conjunto
Una intervención nutricional debe ser compatible con la situación clínica y la vida del paciente. Por ello, es necesario considerar enfermedades asociadas como diabetes, insuficiencia renal o hepática y enfermedad cardiovascular, además de medicamentos que pueda estar tomando.
También deben valorarse las preferencias culturales, los horarios, la tolerancia de los alimentos y los antecedentes digestivos.
4. Convertir la información en un plan alimentario
Toda esta información puede integrarse mediante herramientas destinadas a establecer patrones dietéticos individualizados. En el modelo de TNC-Terapia se utiliza el algoritmo propio LUMICA 1.0, que permite definir patrones relacionados, entre otros aspectos, con determinados aminoácidos, lípidos o carga glucémica.
Estos patrones se adaptan al tumor, al tratamiento y a las características concretas de cada persona.
Posteriormente, el nutricionista clínico especializado en oncología transforma estas pautas en un plan alimentario aplicable al día a día, teniendo en cuenta síntomas y complicaciones como mucositis, diarrea o estreñimiento.
Además, el seguimiento debe mantenerse en el tiempo. La enfermedad puede evolucionar, los tratamientos pueden cambiar y la situación personal también, por lo que las recomendaciones nutricionales deben poder modificarse.
El objetivo no es conseguir que el paciente gane peso a cualquier precio, sino utilizar la nutrición para acompañar el tratamiento, preservar el tejido sano y la función inmunitaria, reducir en la medida de lo posible determinadas toxicidades y favorecer un peso y un apetito adecuados.
¿Qué puede hacer el paciente desde el principio?
Mientras se valora si un programa nutricional especializado es adecuado, existen algunas recomendaciones generales que pueden resultar útiles, siempre coordinadas con el oncólogo y el resto del equipo sanitario.
No hay que valorar la situación únicamente por el peso. Un pequeño descenso ponderal puede no tener el mismo significado que una pérdida rápida de masa muscular y fuerza. El estado funcional y la conservación de la musculatura son aspectos especialmente importantes.
También puede ser conveniente solicitar una valoración nutricional especializada. En lugar de limitarse a utilizar suplementos proteicos, es recomendable conocer si existe un servicio de nutrición clínica integrado en el equipo oncológico que pueda valorar el caso de forma individual.
Asimismo, conviene evitar mensajes excesivamente simplificados como «come lo que sea, pero come». Actualmente puede plantearse de manera más precisa qué se come, cuándo se come y en qué contexto se recibe el tratamiento.
Cuando la situación clínica lo permite, incorporar actividad física adaptada también puede ser beneficioso. Caminar o realizar ejercicios de fuerza ajustados a las capacidades de cada persona puede contribuir a conservar la musculatura y afrontar mejor determinados tratamientos.
Por último, es importante establecer con el equipo médico objetivos realistas: ¿se pretende ganar peso?, ¿mantener la fuerza y la autonomía?, ¿reducir determinados efectos secundarios? Compartir las mismas expectativas ayuda a evitar frustraciones.
Una nutrición adaptada a cada tratamiento
La nutrición oncológica ha evolucionado junto con la propia oncología. El objetivo ya no debería reducirse a conseguir que el paciente coma más o que la báscula marque una cifra determinada.
Una intervención personalizada parte de las características del tumor, el tratamiento administrado, las enfermedades asociadas, la medicación y las circunstancias reales de cada persona.
En este contexto, TNC-Terapia plantea un modelo de nutrición oncológica basada en la evidencia científica, en el que se analizan el tipo de tumor, su estadio y las alteraciones relevantes; se revisan el tratamiento, las comorbilidades y la medicación; y se integran estos datos mediante el algoritmo LUMICA 1.0 para establecer patrones nutricionales específicos.
Posteriormente, un nutricionista clínico convierte esas pautas en un plan alimentario práctico y adaptado a los síntomas y a la vida cotidiana del paciente, con un seguimiento que permite modificarlo a medida que evolucionan la enfermedad y el tratamiento.
La nutrición no pretende sustituir al tratamiento oncológico ni prometer una curación mediante la alimentación. Su finalidad es utilizarla de manera rigurosa como herramienta de soporte, buscando que el entorno metabólico en el que actúa el tratamiento sea lo más adecuado posible.
Todos los pacientes con cáncer necesitan alimentarse. La diferencia está en que esa alimentación puede plantearse de forma genérica o integrarse, de manera individualizada, dentro de una estrategia diseñada para acompañar el tratamiento.
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