¿Cómo se construye la identidad?
La construcción de la identidad supone el proceso mediante el cual una persona llega a comprender, representarse y tomar conciencia de quién es, así como de cómo se percibe a sí misma a nivel personal y social. Este proceso implica dimensiones subjetivas como la individualidad, la autoestima, la capacidad de autorreflexión y autoobservación, y la conciencia de uno mismo.
La identidad puede entenderse como el conjunto de características, valores y rasgos que una persona reconoce como propios y que le permiten definirse frente a los demás, clarificando quién es, qué desea y hacia dónde quiere orientarse en su desarrollo personal, relacional, profesional y social.
Desde un punto de vista cognitivo, la identidad requiere la capacidad de integrar y sintetizar identificaciones previas en una imagen de sí mismo relativamente estable, coherente y cada vez más articulada entre sus diferentes facetas.
Asimismo, la definición de una identidad propia exige un cierto nivel de desarrollo del pensamiento abstracto y formal, que permita anticipar el futuro y considerar simultáneamente distintas alternativas, deseos y necesidades.
El proceso de construcción y consolidación de la identidad se extiende a lo largo de la adolescencia y el inicio de la adultez. En muchos casos, implica múltiples intentos y revisiones antes de alcanzar una sensación de estabilidad o definición relativamente duradera.
Diversos modelos teóricos señalan dos periodos evolutivos especialmente relevantes para este proceso, situados entre los 15 y 18 años y, desde una perspectiva más prolongada, entre los 18 y 22 años.
Un mecanismo fundamental en la construcción de la identidad es la identificación, un proceso tanto intersubjetivo como intrasubjetivo que se inicia en la infancia temprana y que puede tener efectos positivos o negativos en función de las características de la figura de referencia y de la relación que se establezca con ella.
La identificación implica incorporar creencias, conductas, actitudes y formas de actuar de una persona que actúa como modelo. Este proceso se apoya tanto en características personales del individuo como en procesos de comparación y cognición social, y el modelo de identificación puede pertenecer al entorno familiar, extrafamiliar o al grupo de iguales.
A lo largo del desarrollo de la identidad, la persona puede identificarse con distintos aspectos del modelo, siendo especialmente relevante su rol social. La identificación con roles sociales constituye un elemento clave en la formación de la identidad durante la juventud.
A lo largo del siglo XX, diferentes teorías psicológicas han propuesto modelos explicativos del desarrollo de la identidad, describiendo etapas y diferencias individuales en este proceso:
- La teoría del desarrollo psicosocial de Erikson (1959, 1968).
- El modelo del estatus de identidad de Marcia (1966).
- El modelo secuencial de formación de la identidad de Grotevant (1987).
- El modelo del desarrollo de la identidad personal orientado al proceso de Luyckx, Goossens, Soenens y Beyers (2006).
Teoría del desarrollo psicosocial de Erikson
Según la teoría del desarrollo psicosocial propuesta por Erik Erikson (1959, 1968), la personalidad se desarrolla a lo largo del ciclo vital a través de ocho etapas sucesivas. En cada una de ellas, la persona se enfrenta a una crisis psicosocial que debe resolver para avanzar hacia la siguiente etapa. La resolución adecuada de estas crisis puede favorecer el desarrollo, mientras que su fracaso puede limitarlo.
Desde esta perspectiva, la adolescencia y la juventud temprana constituyen periodos de especial relevancia. La crisis de identidad propia de la adolescencia se caracteriza por la exploración del self, en la que la persona comienza a preguntarse quién es y quién desea llegar a ser. Esta crisis puede resolverse mediante la consolidación de una identidad estable y coherente, o bien derivar en una falta de objetivos claros y en confusión respecto al rol social.
Para Erikson, la identidad emerge de la interacción dinámica entre dos polos: la síntesis y la confusión. La síntesis de la identidad implica integrar las distintas facetas del self de forma coherente y consistente, manteniendo una percepción relativamente estable a lo largo del tiempo y en diferentes contextos. En contraste, la confusión de identidad se manifiesta como una vivencia fragmentada del self, que dificulta la toma de decisiones y la orientación hacia metas significativas.
Una vez superada la crisis de identidad, el joven adulto debe afrontar la crisis de intimidad, centrada en la capacidad de establecer vínculos significativos y relaciones cercanas. Estas relaciones pueden desarrollarse de manera satisfactoria o, por el contrario, ser evitadas, dando lugar a sentimientos de aislamiento.
Desde el modelo psicosocial de Erikson, el bienestar psicológico en la adultez depende en gran medida de la resolución adecuada de ambas crisis: identidad frente a confusión de rol en la adolescencia, e intimidad frente a aislamiento en la juventud.
Modelo del estatus de identidad
El modelo del estatus de identidad propuesto por Marcia (1966) constituye la primera operacionalización empírica del planteamiento teórico de Erikson y ha mantenido su relevancia durante décadas. Este modelo identifica dos componentes fundamentales de la identidad: la exploración y el compromiso.
Ambas dimensiones funcionan tanto como procesos internos como indicadores conductuales observables, reflejando el grado de consolidación de la identidad y la manera en que la persona se relaciona con sus experiencias vitales en un momento determinado.
- La exploración se refiere al proceso de búsqueda y evaluación de alternativas relacionadas con valores, metas y roles.
- El compromiso implica la selección consciente y la adhesión a una o varias de estas alternativas.
Estas dimensiones pueden variar en un continuo que va desde su presencia hasta su ausencia, dando lugar a cuatro estatus de identidad:
- Logro: alta exploración y alto compromiso.
- Ejecución: bajo nivel de exploración y alto compromiso.
- Moratoria: alta exploración y bajo compromiso.
- Difusión: bajos niveles tanto de exploración como de compromiso.
Aunque el estatus de logro suele considerarse el más maduro desde un punto de vista evolutivo, la investigación ha demostrado que no existe una trayectoria única o normativa entre los distintos estatus.
Numerosos estudios han analizado estos estatus en relación con variables como la personalidad, el ajuste psicológico, el apego, la toma de perspectiva y el razonamiento moral, encontrando asociaciones características:
- Logro: equilibrio personal y relaciones interpersonales maduras.
- Moratoria: curiosidad y apertura, junto con mayor ansiedad y malestar emocional.
- Ejecución: satisfacción personal y bajos niveles de sintomatología internalizante.
- Difusión: baja autoestima y escasa sensación de autodirección.
Revisiones posteriores agrupan estos estatus en función del nivel de exploración. Logro y moratoria se consideran estatus activos y más maduros, mientras que ejecución y difusión se describen como estatus pasivos y menos maduros, asociados a menor autonomía y mayor conformismo.
Modelo secuencial de formación de identidad
El modelo secuencial de Grotevant (1987) plantea que la exploración constituye el núcleo del desarrollo de la identidad y la define como un proceso de resolución de problemas orientado a obtener información relevante sobre uno mismo y el entorno para tomar decisiones vitales importantes.
Desde un enfoque constructivista, este proceso implica la asimilación de nueva información dentro de la estructura identitaria existente y, cuando es necesario, la acomodación de dicha estructura para integrar cambios significativos.
Los compromisos adquiridos como resultado de la exploración se integran en el sentido de identidad, favoreciendo una experiencia de continuidad personal a lo largo del tiempo.
A medida que la persona avanza en la asunción de compromisos, interactúan cinco factores principales:
- Creencias y expectativas iniciales que orientan la exploración.
- Conductas dirigidas a poner a prueba distintas alternativas.
- Nivel de implicación emocional con los compromisos actuales.
- Consideración de alternativas atractivas o factores que invitan a seguir explorando.
- Evaluaciones intermedias del progreso realizado.
El joven adulto evalúa en qué medida la identidad consolidada resulta satisfactoria, coherente con sus deseos y compatible con sus contextos sociales. Esta valoración influye en la motivación para mantener o reconsiderar los compromisos asumidos.
Cuando los compromisos se perciben como insatisfactorios, puede reactivarse la exploración, especialmente ante cambios vitales, crecimiento personal o nueva información. En este proceso, la formación y la evaluación de los compromisos se influyen mutuamente de manera continua.
Modelo del desarrollo de la identidad personal orientado al proceso
El modelo de Luyckx, Goossens, Soenens y Beyers (2006) propone que la construcción de la identidad se articula en cinco dimensiones interrelacionadas. En este enfoque, la exploración se entiende en términos de amplitud y profundidad, mientras que el compromiso se define a partir de su adquisición y del grado de identificación con él.
La exploración incluye tanto la búsqueda de opciones posibles como la evaluación detallada de los compromisos ya existentes. Esto implica, por un lado, recopilar información sobre distintas alternativas y, por otro, reflexionar en profundidad sobre cómo los compromisos actuales encajan con los valores y metas personales.
El compromiso, a su vez, supone no solo tomar una decisión, sino también interiorizarla y sentirse seguro respecto a ella. De este modo, la persona adopta un papel activo en su propio desarrollo identitario.
Las cuatro dimensiones principales (exploración en amplitud, exploración en profundidad, adquisición de compromisos e identificación con el compromiso) se integran en un modelo único. Las dos primeras se relacionan con la formación de los compromisos, mientras que las dos últimas se vinculan con su evaluación.
Posteriormente, se añadió una quinta dimensión: la exploración rumiativa, caracterizada por la presencia de dudas persistentes, indecisión y dificultad para tomar decisiones.
No todas las personas presentan estas dimensiones en el mismo grado. El modelo mantiene los cuatro estatus de identidad de Marcia, incorporando un quinto estatus indiferenciado, caracterizado por niveles moderados en todas las dimensiones y un ajuste psicológico intermedio.
En el estatus de moratoria, la experiencia de crisis suele manifestarse en mayores niveles de preocupación y rumiación, lo que incrementa la probabilidad de buscar apoyo externo. La exploración constante sin lograr concretar opciones puede generar ansiedad.
En el estatus de difusión, se distinguen dos perfiles según el nivel de exploración rumiativa:
- Difusión difusa: intento de exploración bloqueado por preocupación excesiva y rumiación, asociado a menor adaptación.
- Difusión despreocupada: escasa preocupación por la identidad, menor rumiación y niveles de ajuste relativamente más elevados.