Ansiedad generalizada: cómo identificarla y comprenderla
¿Qué es exactamente la ansiedad generalizada?
El trastorno de ansiedad generalizada, es un estado de tensión o alerta persistente en el que el sistema nervioso está contantemente activado en el modo lucha/huida. Se puede vivir como preocupación excesiva y persistente sobre diferentes aspectos de la vida cotidiana: la salud, la economía, el trabajo, la familia o incluso asuntos menores.
No se trata de una reacción puntual a un acontecimiento concreto, sino de un estado continuo de tensión que puede durar meses o incluso años.
¿En qué se diferencia de la ansiedad normal?
Cuando la ansiedad es adaptativa te ayuda a afrontar un acontecimiento concreto y desaparece cuando el problema se resuelve, pero en el caso de la ansiedad generalizada la activación se mantiene siempre de fondo, puedes sentir que la preocupación o tus emociones son desproporcionadas respecto a la realidad o que te resulta difíciles de controlar.
Es como si el miedo hubiera tomado las riendas de tu vida, de forma que hasta pequeñas decisiones o imprevistos te generan un gran malestar.
Aunque esta ansiedad es limitante y genera mucho sufrimiento, no hay nada de malo o peligroso en ella ni significa que estés roto o defectuoso. La ansiedad tiene un sentido por tus experiencias pasadas y si se trabaja en esta historia puede volver el estado de calma y regulación a largo plazo.
¿Cuáles son los síntomas más habituales?
Los síntomas pueden variar, pero los más frecuentes son:
- Nerviosismo o sensación de “estar en alerta constante”.
- Dificultad para concentrarse.
- Problemas de sueño (insomnio o sueño poco reparador).
- Fatiga crónica.
- Dolores musculares, tensión en cuello y espalda.
- Palpitaciones, temblor, sudoración o molestias digestivas.
- Mareos, vértigos y visión borrosa.
- Presión en el pecho, dolores de cabeza, migrañas y cefaleas.
- Sensación de disociación, irrealidad (vivir como en un sueño) o despersonalización (no reconocerte a ti mismo).
Puede haber muchos otros síntomas, puesto que cada persona manifiesta la ansiedad de forma diferente.
Ningún síntoma es más peligroso o peor que otros, sólo son diferentes formas en que tu cuerpo expresa esa activación constante de tu sistema nervioso simpático.
¿Por qué aparece la ansiedad generalizada?
No existe una causa única. Se considera que surge de la combinación de varios factores:
- Biológicos: existe una predisposición genética, hay personas que se activan con mayor facilidad, perciben más el riesgo y cuya respuesta al estrés es más intensa.
- Psicológicos: la ansiedad tiene mucho que ver con patrones de pensamiento centrados en la anticipación del peligro, el perfeccionismo, la autoexigencia e incluso la baja autoestima.
- Ambientales: las experiencias vitales estresantes, pérdidas y duelos, situaciones traumáticas, maltrato, bullying, acoso… u otras experiencias dolorosas en la vida de la persona pueden dar lugar a la ansiedad.
Aunque tu ansiedad pueda haberse desencadenado por un acontecimiento concreto, como perder el trabajo o romper con tu pareja, las causas son más profundas y están inscritas en tu historia.
Imagínate un árbol, las ramas serían lo que se ve, estas crisis vitales, los síntomas de la ansiedad, la preocupación, etc. Cuando te pones a “podar” las ramas del árbol como si éstas fueran el problema no estás solucionando realmente tu ansiedad. Lo importante es ir a las raíces del árbol, esos patrones que hacen que una y otra vez vuelvan a crecer las ramas y la ansiedad aparezca de nuevo en tu vida.
¿Quién puede padecerla?
Cualquier persona puede desarrollarla en algún momento de su vida.
Es cierto que este tipo de trastorno suele empezar en la adolescencia o en la edad adulta temprana y afectar más a mujeres.
El ritmo de vida actual, la precariedad laboral, la falta de vínculos o conexiones sociales significativas y la incertidumbre son factores de riesgo que pueden aumentar la vulnerabilidad a la ansiedad.
¿Es peligrosa para la salud?
La ansiedad no es una enfermedad, sino un trastorno.
Eso quiere decir que tu cuerpo está preparado para experimentarla y sentirla sin que suponga un riesgo. Sin embargo, un estado sostenido de alerta puede favorecer otros trastornos como depresión, abuso de sustancias o problemas físicos (hipertensión, alteraciones digestivas, dolor crónico).
Además, afecta de manera importante a la calidad de vida y a las relaciones personales, ya que suele acabar provocando aislamiento, evitación de actividades que antes eran placenteras o problemas de concentración que afectan al rendimiento.
¿Cómo se diagnostica?
Un profesional de la salud mental puede ayudarte mediante la entrevista clínica o cuestionarios validados. Una vez descartadas causas médicas (problemas endocrinos, cardiacos o neurológicos), si las preocupaciones y lo síntomas están presentes la mayor parte de los días durante al menos seis meses y generan malestar o interferencia en la vida diaria, se considera que existe un trastorno.
Aun así, los trastornos no son como radiografías y por eso es importante que te fíes de tu experiencia, como has visto, la ansiedad puede tener muchas caras y cada persona la vive de una forma, si lo que lees en este artículo te resuena, quizás más importante que ese diagnóstico es aceptar que estás sufriendo y que ese sufrimiento tiene solución.
¿Qué tratamientos existen?
El abordaje suele incluir varias opciones que pueden combinarse:
- Psicoterapia: especialmente terapias con enfoques conductuales-contextuales o de tercera generación como la terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) o la Terapia Analítico Funcional, te pueden ayudar a relacionarte de forma diferente con tus pensamientos y emociones para ir poco a poco recuperando la paz.
- Tratamiento farmacológico: si los síntomas son muy intensos e interfieren en la vida, reducirlos puede ser un buen primer paso para poder trabajar a nivel más profundo. Los ansiolíticos y antidepresivos pueden ayudar en estos cuadros, aunque siempre se debe considerar su uso limitado en el tiempo, como si fuera una muleta en la que te apoyas hasta que vuelves a caminar.
- Hábitos saludables: hay hábitos que ayudan a regular tu sistema nervioso como ejercicio físico regular, sueño reparador, alimentación equilibrada y reducción de consumo de sustancias excitantes como café o alcohol. Aunque estos hábitos no son por sí solos la solución al problema, sí pueden mejorar mucho los síntomas de ansiedad, ayudándote a estar “menos mal”.
- Técnicas de relajación y mindfulness: contribuyen a disminuir la tensión y mejorar la regulación emocional. Las terapias de tercera generación incluyen estos componentes en sus tratamientos, ya que por sí solos pueden no solucionar el problema e incluso empeorarlo si se utilizan como técnicas sueltas o trucos para calmarse a corto plazo (de nuevo, sería estar podando las ramas del árbol en lugar de ir a las raíces). Sin embargo, cuando se integran dentro de una terapia son clave para superar la ansiedad generalizada.
¿Se puede prevenir?
Por lo general, las personas que sufren ansiedad “no lo ven venir”, es difícil prevenir la aparición de cualquier trastorno, pero hay factores que pueden protegerte y hacerte menos vulnerable a sufrirlo:
- Mantener rutinas equilibradas de descanso y actividad.
- Desarrollar recursos de afrontamiento frente al estrés.
- Practicar actividades que favorezcan la desconexión mental, como meditación, deporte o hobbies.
- Pedir ayuda profesional de manera temprana si aparecen síntomas persistentes.
¿Qué ocurre si no se trata?
La ansiedad generalizada no suele desparecer por sí sola.
Si no se aborda, tiende a cronificarse y puede intensificar las consecuencias físicas y emocionales. Por lo general, cuanto antes se trata más fácil es desengancharse de ella y recuperar tu vida. Aun así, muchas personas han pasado años sufriéndola y se han recuperado.
Puesto que no es una enfermedad, no tiene por qué ser crónica ni acompañarte el resto de tu vida, de modo que sea cual sea el tiempo que llevas con el problema, hoy es un buen momento para solucionarlo.