

El vértigo es un síntoma vestibular que consiste en una sensación de rotación o de impulsión. La palabra mareo, en cambio, es más amplia y se refiere tanto a un desmayo, un desvanecimiento, un desequilibrio o bien una sensación de dificultad de concentración. Por ello, de entrada se requiere hacer una valoración cuidadosa de los síntomas para llegar a un diagnóstico útil y eficaz, al que se puede acceder en la mayoría de los casos sin pruebas complementarias adicionales.
Primero se debe explicar que la estabilidad normal del cuerpo es consecuencia de la interacción continua del aparato vestibular con los mecanismos visuales y sensitivos, y que todo ello está modulado por el sistema nervioso central. Cualquier disfunción o lesión en alguno de estos mecanismos puede crear problemas de estabilidad o dar lugar a síntomas vestibulares, como pueden ser el mareo o el vértigo. Por ello, para el neurólogo es esencial comprender las claves diagnósticas y afrontar situaciones como un posible ingreso o la demanda de una prueba complementaria.

Es importante realizar una historia clínica detallada y una exploración física. Sin embargo, los últimos años se ha reemplazado el método tradicional de diagnóstico (que se basaba en las categorías clásicas del vértigo y del mareo, como el presíncope, el desequilibrio o el mareo no específico) por unos patrones sindrómicos basados en la sincronización y en los factores desencadenantes. Estos patrones son cuatro: los vértigos que se presentan con síntomas vestibulares agudos espontáneos pero prolongados, los vértigos que se presentan con síntomas vestibulares episódicos posicionales, o síntomas vestibulares también episódicos pero espontáneos, y en cuarto lugar la inestabilidad o el mareo crónico. Cada uno de estos patrones permite diferenciar las causas comunes benignas de otras poco frecuentes y más peligrosas. Es decir, con una aproximación focalizada desde el inicio se puede llegar a un diagnóstico correcto y eficiente.
Si distinguimos entre los síntomas episódicos agudos o crónicos las formas más frecuentes son: la neuritis vestibular, en el caso de los episodios prolongados, el vértigo posicional paroxístico benigno, que es el tipo más frecuente, y los vértigos recurrentes como la migraña vestibular, el meniere o los accidentes isquémicos transitorios. Si estamos delante de un cuadro de inestabilidad o mareo prolongado, el médico debe pensar en si ha habido algún proceso que haya podido obstaculizar la compensación con clínica adicional, como puede ser de tipo ocular (cataratas o estrabismo), de tipo sensitivo como una neuropatía periférica alcohólica o diabética, o bien un proceso neurológico como un parkinsonismo, que provoque un déficit en la movilidad o en la confianza provocando miedo a la caída o un trastorno psicológico.
El tratamiento ha de ir unido a un diagnóstico concreto basado en la historia clínica y en la exploración. En esta exploración es fundamental el examen ocular, el examen de las maniobras vestibulares y de los test arteriales ortostáticos. El mareo, si es crónico, siempre requiere buscar una causa subyacente, con un asesoramiento adecuado, eliminando los supresores vestibulares o los tranquilizantes.