

Los avances científicos y tecnológicos han conferido a la Medicina un poder enorme. El conocimiento es tan grande y complejo que durante años ya no puede ser compartido con los pacientes y el profesional de la salud tiene la función de tomar las decisiones necesarias en beneficio de la salud de sus pacientes.
Pero en el último tercio del siglo XIX, la democratización de las sociedades occidentales, el progreso económico que la acompaña, la globalización, el acceso cada vez mayor a las universidades y sobre todo la llegada de Internet, han devuelto el conocimiento médico a la sociedad y ha hecho necesario crear las bases para el nuevo paradigma de la decisión compartida.
La idea de la decisión compartida se fundamenta en la filosofía del “empowerment” (“empoderamiento”) y puede resumirse como “el descubrimiento y desarrollo de la capacidad innata para ser responsable de la propia vida”. Para que se pueda llevar a cabo este proceso, los pacientes deben contar con las siguientes capacidades:
La idea del “empowerment” supone una revolución porque es incompatible con la premisa de que el objetivo de la educación es cambiar la conducta de los pacientes para adaptarla a las recomendaciones del especialista médico. También es contraria al concepto maternal de que los profesionales médicos saben lo que conviene a sus pacientes y son siempre más capaces que ellos para desarrollar estrategias encaminadas a su autocontrol saludable.
La decisión compartida se basa pues en la confianza y el respeto en la relación médico-paciente. Escuchar al paciente sin juzgarlo implica respeto y reafirma la validez de su experiencia, así como la atención no crítica sirve de espejo para que los pacientes se vean a sí mismos como son realmente.
Por otra parte, para que pueda darse la decisión compartida se requieren dos condiciones:
Los cinco pasos a desarrollar con el paciente para alcanzar la decisión compartida son:
Como ocurre con cualquier cambio, existen barreras y resistencias para conseguirlo, las cuales suelen estar relacionadas con el miedo a la pérdida del poder por parte de quienes lo detentan, como los profesionales de la salud. Además, en muchas ocasiones son los propios pacientes quienes no desean cambiar el sistema porque también obtienen beneficios inmediatos. A este estado de cosas contribuye sin duda un Estado cada vez más protector e intervencionista.
En definitiva, entrar en la filosofía del empowerment es adoptar un nuevo paradigma, es decir “no el simple resultado de una nueva información, sino una trasformación perceptiva de una nueva manera de ver la información existente” (Tomas Kunhn).