

La depresión es una entidad clínica que va más allá de “un bajón” o “una mala racha”; no es una manifestación de una personalidad débil o caprichosa. Afecta a la capacidad funcional global (trabajo, familia, hogar…) y causa un alto grado de sufrimiento a los seres queridos. Esta enfermedad es frecuente, ya que afecta a no menos del 15% de la población general.
Es tratable y, además, con resultados notablemente eficaces. La mejoría clínica es estimada en, al menos, un 75% del cuadro depresivo. Más compleja es la actuación terapéutica para evitar nuevas reincidencias.
La tristeza es sólo una parte de la depresión, aunque en ocasiones el paciente experimenta otros síntomas, incluso somáticos (molestias digestivas, cefalea, taquicardia, dolores o contracturas musculares, etc )
Si aparecen de forma sostenida dos o más de los siguientes signos o síntomas, durante, al menos, dos semanas, es aconsejable pedir ayuda a un especialista en Psiquiatría.
Las personas que sufren depresión lo hacen de forma muy diversa. Intervienen factores de vulnerabilidad (constitucionales), personales (personalidad base), ambientales y los propios de la evolución de la clínica depresiva. La respuesta terapéutica es también distinta. Las características de “endogeneidad” (somáticas, anímicas e intelectuales) apuntan a un mayor peso bioquímico en la formación y desarrollo, así como a una mejor respuesta farmacológica.
Muchos pacientes recuerdan que en su niñez experimentaban notables índices de ansiedad.
Actualmente, la actuación profesional se basa en:
La investigación en las neurociencias, además de los amplios estudios actuales en la clínica depresiva, invita a una razonable y positiva expectativa.