¿Por qué cuesta tanto ir al psicólogo?

Escrito por: María de la Peña Campos de España Jara
Publicado:
Editado por: Alicia Arévalo

Cuando uno necesita ayuda médica, acude al doctor no sólo sin miedo, sino con una gran predisposición al cambio con tal de eliminar la dolencia sufrida. Todo aquel que comienza una actividad que desconoce, busca ayuda a través de diferentes plataformas o profesionales especializados para poder aprender con mayor rapidez y solventar todas las dificultades que encontrará en el camino. Por ejemplo, si tenemos un problema legal lo primero que hacemos es pedir ayuda a un abogado. En función de sus posibilidades económicas acudirá a un tipo de despacho u otro, pero normalmente buscará ayuda experta y de ningún modo se planteará solucionar de manera individual un problema en una disciplina desconocida. Entonces, ¿qué ocurre cuando uno tiene un problema emocional?, ¿por qué existen tantas resistencias a acudir a un especialista en Psicología?


Diferentes razones son las que he escuchado a lo largo de los años: “debería haber podido yo sólo”, “me daba miedo que te pareciera una tontería y que no me comprendieses”, “dudo que me sirva”, “es muy caro”, “no tengo tiempo”, “me da pereza y vergüenza hablar a un desconocido de mis problemas”, etc.


Yo me pregunto si estas justificaciones actúan de la misma manera a la hora de buscar un urólogo o un traumatólogo. Es decir, ¿la vergüenza, el poco tiempo disponible, el miedo a la incomprensión, etc., hace que paralices la ayuda aumentando tus dolencias antes de buscar un médico?


Creo que podría retrasar en algún caso la petición, pero nunca hasta el punto de perpetuar una problemática durante años. ¿Entonces?, si estas cuestiones no explican completamente la dilatación en la toma de decisión, tendremos que pensar que hay otros factores que están influyendo.

 

Hay que reflexionar sobre los mensajes a nivel cultural, social y familiar que se han recibido sobre la salud mental.
 

 

Si nos paramos a pensar las justificaciones que expongo anteriormente, tendremos que reflexionar sobre los mensajes a nivel cultural, social y familiar que se han recibido a lo largo de nuestra vida sobre la salud mental, las exigencias que parece que tenemos sobre éstas, el espacio y la visibilidad que se ha dado al poder “estar mal” sin ser “un loco” y por último, el miedo a sentirse excluido de un grupo si uno no se ajusta a lo que se espera a nivel personal, social y/o familiar.
 

Si no hacemos algo “normal” estamos expuestos a la no inclusión. Igualmente tendremos que ver los mensajes que se han divulgado sobre la psicología, por ejemplo “no es una ciencia”, “es para locos”, “es un sacacuartos”. A los ojos de nuestra sociedad no está bien visto ir al psicólogo, no se ha normalizado que uno pueda necesitar una ayuda emocional, un espacio de cuidado donde poder desarrollar nuestra salud mental. Más bien queda asociado a un mensaje de “estar loco” y/o “no ser capaz”.
 

A lo largo de nuestra vida nos han enseñado que es importante cuidarnos a nivel físico, desarrollarnos a nivel laboral, familiar, y en algún momento del ciclo vital parece que la exigencia remplaza al cuidado, en mayor o menor medida tenemos la necesidad de mostrarnos físicamente, laboralmente y familiarmente completos pero parece que el desarrollo personal individual y en las relaciones, el cómo uno está a lo largo de ese proceso vital, y las dificultades que puedan surgir, han quedado apartadas de nuestros objetivos de bienestar.
 

Por otro lado, y no con menos peso, está lo “no conocido” y el poder que tiene a la hora de paralizarnos o retrasar una decisión. Cuando uno comienza un trabajo o acude al médico uno se relaciona desde el lugar de colega o paciente, en cualquier caso, prevalece el desconocimiento mutuo. Su mundo íntimo, sus relaciones y su historia, hasta ese momento, ha quedado al margen de sus intercambios habituales.


Nosotros nos mostramos desde donde nuestra biografía personal y relacional nos permite y hasta donde nos sentimos seguros. Por ello, comenzar una terapia que va más allá de lo sabido, expuesto o admitido, por un lado ilusiona, genera curiosidad, pero por otro, asusta.


La imaginación es capaz de aterrar más que la propia realidad. Por eso es tan importante dar ese primer paso que supone acudir al psicólogo. Hay que superar las exigencias sociales/familiares, los miedos expuestos, y algo muy importante: adoptar una actitud comprometida al cambio para que la psicoterapia no sólo alivie los síntomas. Si se deja llevar en un proceso de tratamiento a través de una vinculación sana, es cuando conseguirá superar ese desequilibrio que desestabiliza inicialmente pero que permite desarrollar una forma diferente de mirarse y mirar a los demás, pudiendo enfrentarse al mundo desde un lugar menos ansiógeno y generador de sufrimiento.

Por María de la Peña Campos de España Jara
Psicología

Psicóloga licenciada con más de 12 años de experiencia en el desarrollo de la psicoterapia. Especialización tanto a nivel individual (adultos, adolescentes y gerontología) como familiar y de pareja.

Práctica tanto a nivel público en varios recursos gestionados por Aytos de la Comunidad de Madrid, como a nivel privado. Especialización en trauma complejo, violencia y todo el espectro de las dinámicas relacionales (ansiedad, depresión, duelos, divorcios, trastornos de personalidad, estrés laboral, etc.).

Realiza colaboraciones a nivel educativo con el Máster de Psicoterapia y Psicodrama y a nivel empresarial con una empresa dedicada a la evaluación y  tratamiento del estrés laboral.

Desarrollo paralelo en el campo de la neuropsicología (evaluación neuropsicológica y tratamiento).

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