El sueño en la adolescencia

Escrito por: Dra. María José Mas Salguero
Publicado:
Editado por: Yoel Domínguez Boan

 

Los adolescentes están dormidos

Estamos maltratando a los adolescentes. Duermen mal, están dormidos, y este mal descanso es un fiel reflejo de nuestra sociedad y de nuestras (malas, muy malas) costumbres.

 

Y es que nuestros horarios —ya sean laborales, escolares, familiares o de ocio— son totalmente incompatibles con un buen descanso, y no vale como excusa decir que todo el mundo duerme mal.

 

La adolescencia es una época que precisa una gran exigencia energética para el cerebro. Los grandes cambios que sufrirá su estructura, así como los cambios en los procesos mentales necesitan un alto consumo de energía y un tiempo de reposo efectivo para que todo se culmine con éxito.

 

Durante los primeros años de la infancia el tamaño del cerebro aumenta progresivamente, especialmente por la formación de los nuevos circuitos que irán guardando nuevas habilidades que se vayan adquiriendo. Una vez que se llega a la adolescencia, el tamaño cerebral aumenta mucho menos, ya que apenas se crean nuevos circuitos, sino que se remodelan los ya existentes, fortaleciendo los más usados y los que menos se eliminan en la poda sináptica.

 

La creación de nuevas sinapsis y la modificación de las ya existentes duran toda la vida. Un trabajo nuevo, una casa nueva, una nueva relación sentimental… Cualquier actividad nueva precisa que se reajuste lo que ya se había aprendido para adaptarnos a la nueva realidad.

 

Y es que las experiencias y las cosas que se aprenden modifican la estructura del cerebro, y es precisamente durante el sueño cuando estas sinapsis se consolidan. No obstante, para ello no vale cualquier sueño, ya que este debe ser efectivo y con una duración adecuada. No obstante, la clave está en la fase REM (movimientos oculares rápidos).

 

 

El sueño REM y la edad

Durante el sueño el cerebro cambia su actividad, dejando entonces de ser prioritaria la interacción consciente con el entorno para dedicarse a otro tipo de tareas, como pueden ser la de “reparación y mantenimiento” del organismo.

 

Este se queda reflejado en la actividad cerebral eléctrica, que es muy distinta que durante el resto del día.

 

En cuanto al sueño, se pueden distinguir distintas fases, que van desde un sueño ligero —la fase I— hasta un sueño profundo — fase IV— acabando con la fase de sueño REM. Estas fases se organizan y cambian a lo largo de una misma noche.

 

En una persona adulta, cada ciclo de sueño tarda aproximadamente entre 90 y 110 minutos en completarse y se repiten varias veces a lo largo de la noche. No obstante, pese a que en la primera mitad de la noche los periodos de sueño profundo son largos y los de REM cortos, en el segundo tramo nocturno pasa exactamente lo contrario, por lo que en las primeras horas de la noche predomina el sueño de tipo no Rem y en la segunda parte el sueño REM.

 

Hipnograma by Top Doctors
Hipnograma de un adulto sano que muestra cómo se organizan las distintas fases del sueño en una noche
 

 

En el caso de los niños, se trata de una estructura bastante similar, aunque la duración del sueño, el total de ciclos que se realiza y su duración cambian con la edad.

 

Sueño REM by Top Doctors
Representación del número de horas totales de sueño REM y de sueño no REM en una misma
noche y su variación con respecto a la edad

 

 

Sin embargo, en el caso del sueño de los recién nacidos, la mayoría de los ciclos REM se dan en el segundo tramo de la noche, durante las primeras tres o cuatro horas apenas se alcanza la fase REM, y después apenas se sale de ella.

 

Pese a que todavía queda mucho por descubrir y conocer sobre el sueño, cada vez se tienen más evidencias de que el sueño REM es básico y fundamental para consolidar los aprendizajes.

 

Si se duermen menos horas, se reduce el sueño REM y se dificulta la capacidad de aprendizaje.

 

 

El suelo del adolescente y su relación con la sociedad

Por lo tanto, para que el sueño sea reparador y efectivo a la hora de consolidar aprendizajes, es necesario dormir cerca de ocho horas cada noche. En el caso de los adolescentes, debe dormirse más, unas diez horas, ya que su gasto energético es mayor y su cerebro sufre un mayor número de cambios.

 

No obstante, esa no es la única diferencia entre el sueño de un adolescente con el de un niño o el de un adulto. Por la gran actividad hormonal a la que se somete el cerebro del adolescente, no se logra conciliar el sueño hasta bien avanzada la madrugada. Así, la mayoría de los adolescentes son noctámbulos que prefieren irse a dormir a partir de la medianoche. Esto no se trata de un capricho, sino que es biología.

 

¿Y cómo trata la sociedad a los adolescentes? Pues no se cuida el descanso nocturno, y esto acaba influyendo directamente en los aprendizajes.

 

Los adolescentes deben dormir unas diez horas diarias, más de lo que nos habían dicho originalmente. Si se levantan a las siete para entrar al instituto sobre las ocho, deberían irse a dormir como mucho a las nueve de la noche, como máximo a las diez si se levantan a las ocho porque entran a clase a las nueve. Si se cuenta la jornada escolar, las actividades que se hacen extraescolarmente o los deberes, rápidamente se alcanza la hora de ir a cenar, que en este horario ideal sería en torno a las ocho de la tarde y posteriormente deberían acostarse. Hasta aquí podemos llevar la teoría, aunque la realidad es otra.

 

Y esta realidad nos dice que la mayor parte de los adolescentes no cenan antes de las nueve o las diez de la noche y que por lo menos hasta las once de la noche no se acuestan. Ven la tele o utilizan las redes sociales después de cenar. De todas formas, ¿cuándo lo harían sino? Son adolescentes, y necesitan entretenerse y socializar.

 

Además, como la liberación hormonal no se da hasta esa hora, hasta pasada la medianoche no se duermen. Así, cuando llega la mañana no hay quien los saque de la cama. Es normal, si su organismo necesita muchas horas de sueño y con suerte duermen siete horas. Como lo alargan un poco más, se van de casa sin desayunar o sin ducharse, o sin ambas cosas.

 

Así, el adolescente se planta en el instituto en “malas condiciones”, sin descansar, sin desayunar y en muchas ocasiones algo desaliñados y enfadados, ya que un nivel bajo de glucosa junto con la somnolencia provoca irritabilidad. Además, de lo que habían estudiado el día anterior “se les ha quedado poco”, ya que no han completado todas las horas de sueño REM necesarios para fijar los aprendizajes. Como conclusión, se generan dificultades en la concentración, fracaso escolar… Un desastre.

 

¿Qué estoy exagerando? No. Si tienen hijos adolescentes ya lo saben, y si no hay múltiples investigaciones que lo corroboran. La solución parece obvia y sencilla: retrasar la hora de entrada al instituto.

 

Quizá no se pueda luchar contra la naturaleza, pero si es posible cambiar los horarios para mejorar tanto la salud como el futuro de nuestros niños. Si desea más información, consulte con un Neuropediatra.

Por Dra. María José Mas Salguero
Neurología infantil

La Dra. Mas Salguero es una célebre especialista en Pediatría y Neurología pediátrica con amplia experiencia en la atención a niños con trastornos del neurodesarrollo y patología neurológica. Formada como neuropediatra y especialista en epilepsia infantil en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, completó su formación en el Hôpital Necker de París, Francia. Posee un Máster en Neurociencia y Biología del comportamiento por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Ha ejercido como docente en el Departamento de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Rovira i Virgili y, actualmente, es docente de postgrado en diferentes universidades españolas. Ha realizado diversos cursos de ámbito nacional e internacional. Es miembro numerario de diversas sociedades médicas. 

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